Co-living, ¿solución a una necesidad generacional o producto especulativo?

Artículo «Arquitectura y empresa»

26/03/2021

El modelo de vivienda compartida co-living se abre camino en los centros urbanos de las principales capitales europeas.

Poseen un perfil de usuario claro y definido, jóvenes entre 20 y 40 años, emprendedores, nómadas digitales, profesionales desplazados y sin cargas familiares. Un espacio que propicia las sinergias y el encuentro de individuos con intereses comunes, la ocasión de intercambiar experiencias laborales y vitales. Este es el principal eslogan y la gran promesa de esta tipología importada de Estados Unidos, pero aún hay más. Todo un pack de servicios y programa de actividades: limpieza, co-working, zona da juegos, gimnasio, lavandería, aulas de yoga y de alemán. Un alquiler flexible y, sobre todo, más accesible.

¿Una respuesta a la demanda de una generación con nuevas prioridades o la única oportunidad de vivir en el centro histórico y contar con más de 20 metros cuadrados? El co-living surge para resolver la escasez de vivienda unida a la necesidad de socializar. Una nueva tipología fruto de la carrera en la que estamos sumidos hace años de reducir los metros de la vivienda al mínimo posible y que obliga a sacrificar demasiado si se pretende resistir sin huir a la periferia. Se renuncia a la privacidad para mejorar ubicación y servicios, y, de paso, construimos comunidad con personas afines en este nuevo lugar que habitamos.

Espacio compartido del coliving Urban Campus en Madrid

Cierto es que continúan a abundar los proyectos concebidos, citando al arquitecto francés Jacques Hondelatte, para una “familia media ideal”, hoy en día prácticamente inexistente. Abrazamos la llegada de nuevos modelos que asuman los cambios sociales y antropológicos y que acojan nuevas maneras de vivir y convivir. Espacios que se configuren de acuerdo con la nueva realidad. No obstante, ¿busca el co-living dar heterogeneidad al tejido urbano o es un eufemismo para un producto más de especulación inmobiliaria?, ¿contribuye a que los centros de las urbes sigan siendo un lugar de paso?.
Es vital que el foco esté en los cambios sociológicos y antropológicos, y no en los rendimientos por metro cuadrado.

 ¿La propiedad ya no es el objetivo y prima la flexibilidad y la búsqueda de nuevas vivencias o simplemente sale de la ecuación porque es inalcanzable?

La generación que nos precede adquiría a los veinte de edad unos muebles “para toda la vida”. En ocasiones las piezas de mobiliario eran arrastradas de casa en casa, se las obligaba a acoplarse al nuevo hogar y a las nuevas de circunstancias familiares. Un yugo de “madera,madera” irreemplazable por ningún diseño más actual y que, de algún modo, nos recuerdaba que hay inversiones que son para siempre. 

Entre ese vínculo desmedido y en ocasiones poco práctico con las pertenencias, y el dilatar el paso por la residencia de estudiantes hasta los 45 años, debería haber un término medio.

Probablemente el camino sea el de una arquitectura flexible para una nueva vida flexible, mucho menos predecible que la de antaño. La ciudad que resuelva el déficit habitacional y se adapte a los usuarios. La ciudad proyectada con estrategias que no imponen un modelo, sea cual sea.